Siempre me dices que puedes
ver.
Logras distinguir lo cálido de
lo helado, y lo oscuro de lo claro que suele estar el cielo las noches
estrelladas. Dices que puedes ver porque no conoces la complejidad de lo
abstracto, y lo simple que puede ser lo evidente. Muchas veces, nos ponemos un
oscuro antifaz que sólo nos permite ver una parte de lo que sucede a nuestro
alrededor. Ignoramos lo que no nos interesa, utilizamos un lenguaje adulterado
para camuflar lo que sucede, estamos convencidos de lo que está pasando es
normal.
Tú, eres capaz de generar a tu
antojo una visión fragmentada, en la que te focalizas en un punto e ignoras el
resto.
Siempre me dices que puedes
ver. Sin embargo, vives en el mundo de los ojos cerrados. Ver es algo más
sublime que contemplar las estrellas al llegar la noche. Ver, es descubrir lo
que esconde la vida, cosas que son vistas sin abrir los ojos…
Tus ojos, esos entornados,
semidormidos, que deben despertar ya de una vez para mirar a los míos.
Yo veo flores en los jardines,
pero tu les haces perder su olor, y te comes todo su color. Veo estrellas en el
cielo, pero tu no ves su reflejo sobre el mar.
Sin embargo, sigo teniendo la
esperanza de que tus ojos estén cerrados porque realmente no ven, no porque no
quieran ver. Sueño que todo es un sueño, que soy una persona diferente, que te
gustaría soñar junto a mí. Sueño que veo tus ojos cerrados, pero esta vez, al
despertar a tu lado. Siempre hemos sido dos lunas.
Las cometas vuelan en
libertad, pero siempre necesitan a alguien que les ayude a volar. Yo llevo
volando mucho tiempo, y ahora me toca ayudarte, porque todos tenemos el derecho
a ser felices.
Siempre he pensado que el
primer amor es el verdadero, no lo sé, aún no vivo lo suficiente, pero en 15
años de vida, me he dado cuenta que a partir de que te enamoras de alguien, tu
vida no sigue siendo la misma. Dependes de esa persona en cada momento, no
puedes dormir, no puedes comer, ni pensar ni un solo instante de tu vida en
algo que no sea esa persona a la que le has entregado tu corazón.
Amar es lo máximo, que te amen
es aún mejor. Amar es esperar, disfrutar, recordar, añorar, revivir… los
momentos. ¿Has visto cuánta felicidad se
esconde tras este sentimiento? Creo que todos tenemos derecho a ser felices, a
escapar del miedo, a descubrirnos, a salir, a enamorarnos, a vivir, que en
definitiva es amar. Cuando amas, no necesitas a nadie más, sientes que no hace
falta nada. No das mil rosas, das la rosa más bonita. ¿Y sabes qué? Yo te la
daría a ti.
Sin embargo, para mí, en la
situación en la que me encuentro, amar, es saber que estás bien. Simplemente
eso. Nada más hay a lo que me atreva. Llámame cobarde si quieres. Pero… ¿Te has
planteado alguna vez que la cobardía, en realidad, resida en ti? ¿No crees que
es un buen momento para abrir los ojos? ¿Avanzar, quizás? Sé que lo sientes.
Una mujer en la oscuridad genera luz propia, enciende el cielo y se convierte
en él. Se que es difícil porque nunca leerás mis palabras. Ya he dicho, que en
parte, la cobardía también habita en mí, pero sin siquiera pedir nada, fuiste
mi escondite. ¿No sientes que te necesito? Tú me has dado la vida, eres la luz
de mis mañanas y mis noches. ¿Pero, y tú luz? Sal, sal y muéstrame tu brillo y
color singular. El fuego de tu mirada, que ahora sólo es ceniza suave…
Quiero notar en ti algún
suspiro que te delate, sin preguntar, el amor que tiempo atrás no pudiste o
quisiste pasar a limpio.