Sigo preguntándome cómo la boca de ese chico, esa boca de color amarillento deshidratado que ningún ser humano se hubiese atrevido a besar, era de ella. Y ella, tan frágil como la confianza del ser humano, tenía una boca pequeña, pequeña como las cerezas rojas, suave como la brisa de montaña, hermosa como las rosas de su jardín, carnosa como un pez globo, su boca, una boca que no era merecedora de aquello, tosco y deformado.
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